Hace tiempo que sabemos que Vivo acabará bajo el control de Telefónica. Lo sabemos porque en el mundo corporativo sucede como en el del fútbol, si un jugador quiere cambiar de equipo lo acaba consiguiendo. Pues aquí sucede algo parecido. Telefónica quiere a Vivo para integrarlo con Telesp y poder ofrecer servicios empaquetados que le hagan más fuerte en Brasil antes de la llegada de las dos citas importantes de la década, el Mundial y las Olimpiadas. Ambas citas tendrán un impacto positivo en los servicios de banda ancha y televisión en sus múltiples formatos.
Pero no sólo Telefónica quiere hacerse con el control de Vivo, los propios accionistas de Portugal Telecom (PT) quieren que se lleve a término la oferta, porque es “muy buena” y porque les permitiría pescar en Brasil otros activos a los que manejar a su antojo sin tener que tratar con sus vecinos Ibéricos. Telefónica quiere, PT quiere y, sin embargo, el trato está bloqueado por una acción de oro del gobierno luso y quien sabe si Oi lo está por parte del gobierno brasileño.
Es decir, cuestiones de orgullo nacional camuflados con seguridad nacional previenen una maniobra que todos desean. Este clásico argumento no aplica en la actualidad porque las telecomunicaciones ya no conocen fronteras y porque llevarse la infraestructura de telecomunicaciones no es algo que uno pueda hacer en una tarde y con una maleta.
Si todos sabemos que Telefónica terminará controlando a Vivo y PT a Oi, no es mejor que los gobiernos de ambos países faciliten la maniobra que puede de salida no perjudicar a nadie excepto a aquellos susceptibles en su orgullo nacionalista. |